Amistad  19 ene 2021 Santa Cruz de Tenerife

Ir al cine y pensar en teatro


Daría veinte años de mi vida por una noche con esa mujer. Lo comentaban dos hombres ya septuagenarios, hablando de sus años mozos. Por supuesto que es una forma de hablar. Una forma de aludir a la belleza o, quizás, al encanto de la persona aludida.

Pero tómese al pie de la letra. ¿Cuántos años venderías por estar una noche con una persona? Lo de veinte años es exagerado por una sola noche. ¿Te imaginas? Te acuestas con ella a los 24 y apareces al día siguiente con 44. ¿Qué locura es esa? Lo siguiente sería algo así como: me he hecho viejo sin llegar a entender como he llegado aquí. La noche pasaría a un segundo plano.

Por estar con esa persona idolatrada, ¿pagarías siquiera un año de tu vida? ¿Un mes, quizás?

No sé, no sé. Que ya se sabe que la primera vez es de acoplamiento. Que lo bueno viene después. Alguno dirá en plan jocoso que si la cosa incluye el desayuno, lo mismo hasta lo empezamos a hablar. En román paladino, por una noche con el ser amado, pago lo mismo que la otra persona por estar conmigo, esto es: una noche, o dos, o tres, o 20 años… tantos como el mutuo consenso acuerde.

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¿Están sobreva.lorados los sentimientos? ¡Menuda tontería Solamente tenemos sentimientos. Tan pobre era el necio que solamente tenía dinero.

Demos una vuelta más al dilema inicial. Dejemos a un lado lo de estar una noche con una persona amada y reformulemos la pregunta. ¿Cuántos años venderías por estar con una persona? Ahora la respuesta es mucho más fácil. Muchos dan 20 años. Unos dan más y otros dan menos. Sigamos con el símil: tienen 24, y veinte años después, se encuentran que tienen 44, un divorcio a la espalda y quizás un par de chiquillos ya talluditos.

Con 44 años, si fuera posible ¿de cuántas parejas previas prescindirías por volver a tener 24? Yo de ninguna. Por tres razones: 1. El mismo poso que yo habré dejado en ellas, ellas han dejado en mí. 2. No me apetece nada ser un jovencito resabiado. 3. Las hipotéticas ideas de pactos en el tiempo, me aburren.

Me duelen esas películas donde todos dicen que salieron del cine peor que entraron. Y mira que les habían avisado que era arte y ensayo, o que era futurista, o que al director se le había ido el guion de las manos.

No todos valemos para todo. Todos tenemos sentimientos, pero cada cual los suyos. Y nunca terminamos por entender del todo al prójimo por más que lo intentemos. En la vida real no hay proposiciones indecentes de esas a las que nos ha habituado el cine. En la vida real no hay un prólogo, un nudo y un desenlace. Las chicas no son actrices guapas y mucho menos las pagan por actuar. El final feliz o el final incierto no siempre es made in Hollywood y mucho menos a lo franquicia Disney. La vida no es cine. Es una obra de teatro [dijo Gil de Biedma].

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Yo, que nunca he subido a un yate de más de veinte metros, veo complicado toparme con una barbie de esas que con voz melodramática, el día que les regalas 20 años de tu vida, te sueltan un “dispongo de cinco castillos y veinte carruajes pero solamente puedo decir una cosa: ¡¡¡vivir es tan agotador”.

“Y tú, chiquilla, ¿te escapaste de una película de romanos o es que regalaste varios siglos de tu vida para estar aquí conmigo?” Esa, y nada más que esa, es la respuesta socrática que una buena peli debería dar al dilema del primer párrafo. Introducción, nudo y… fin.

https://youtu.be/JXbLyi5wgeg





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