Amistad  12 dic 2020 Santa Cruz de Tenerife

Guirnosquear o lo que surja


Me hizo gracia que el texto de ayer pasara por el filtro de lo políticamente correcto. Un algoritmo puso asteriscos en donde había palabras de cierta connotación.

Me pareció paradójico por partida doble.

1. Mi postura era que lo duro era el amor. Aducía que vivimos en una sociedad donde el refocile carnal superó ya su momento de revolución, y va el algoritmo, tosco como él solo, y me censura lo evidente. No me censura lo del amor y el amar, sino lo otro. Lo superado a mi modo de ver. Vaya algoritmo más rancio. Algoritmo, eres un viejo verde. Que lo sepas.

2. Que sea un algoritmo el que decida sobre lo que puede o no puede escribir un humano, también es para tenerlo en consideración. Más aún cuando la heurística ya ha alcanzado cotas en donde las máquinas escriben textos que a su vez serán censurados por otras máquinas que… que no las entiende ni su padre.

No hace falta decir palabras soeces. No tienes por qué ser un bruto. Creo que fue Shakespeare quien se refería al monstruo de las dos espaldas para exponer el asunto de dos cuerpos que hacen cosas que dos cuerpos pueden hacer.

Espero que te des cuenta que esta vez estoy siendo más barroco en mis palabras. Trato de evitar la censura y eso me impide ser directo con las frases. Tengo que poner meandros en la argumentación.

Alguien me dijo que en la biblia utilizaban un verbo, algo así como guirnosquear, si no recuerdo mal, para referirse el acto en el que estás pensando. Mucho mejor eso que cuando usan la fórmula tal-conoció-a-cual y fruto de ese conocer, engendró un hijo al que puso por nombre… qué más me da su nombre, si lo que importa es ese conocer de marras que parece puesto adrede para que ni el monaguillo más pecaminoso de entere de la misa la mitad.

En mi libro favorito por antonomasia, Walter Arias formula una teoría de lo más disparatada. Separa entre el psicópata y el psicopriapo. El primero radica en la entrepierna. El segundo se mueve como demonio por nuestros sentidos. Lo mismo el psicopriapo se asienta en nuestra vista cuando nos fijamos en el detalle del tirante del sujetador negro de la cajera del supermercado. O el psicopriapo se asienta en nuestra piel cuando sentimos el roce de esa chica que nos hace tilín. O en las pituitarias al recordar el perfume de la susodicha en la sección de perfumería del Mercadona.

A saber. Psicópata es el que atiza el fuego a la sardina, cuando sardina y fuego quedan para almorzar; mientras que el psicopriapo ronda de la cabeza a los pies y viceversa a la caza de un deleite que llevarse al coleto.

Psicópata es lo obsceno. Como el algoritmo cuando censura por palabras en vez de por sex[t]o sentido. Psicopriapo es tener en la psique un… ale, lo buscas en Internet, tú que sabes. Que si lo escribo me censura.

Por ahora lo dejo aquí. Dejo para la siguiente cuando Walter Arias conoció. ¿Conoció, qué? Y lo preguntas tú, monaquillooooooo



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